©Raúl Harper, 2010
Todos sabemos lo posible de levantarnos un día y descubrir junto a la cama al monyi del vecino, con el periódico entre los dientes, impaciente porque leamos algo. Dicha eventualidad me sorprendió está mañana. Mi primera reacción consistió en atribuir el hecho a la resaca y arrojar el periódico al suelo. El monyi gruñó y gruñó y yo me puse la almohada en la cabeza para no escucharlo. Entonces sentí un lametazo en la planta de mi pie derecho que me hizo reír y decirle: “Está bien, voy a leerlo”. La verdad no tenía la intención ni el interés de hacerlo, así que me levanté, recogí el periódico y me lo llevé debajo de un brazo a la cocina. Él me siguió y se sentó cerca de la nevera a mirarme preparar el desayuno. Le di una galleta de soda que masticó ruidosamente, y un poquito de leche en un recipiente plástico que terminó por derramar. Preparé con calma un chocolate y huevos revueltos, y hasta me tomé mi tiempo en exprimir unas naranjas. Comencé a comer de pie, observando al inusual y obstinado visitante. A lo mejor su amo lo estaría buscando y así se lo dije, pero claro, no entendió. Jugué con él un poco: tomé el periódico e hice maña de arrojarlo a la caneca de la basura. Al verme gruñó con tal ímpetu que temí que me mordiera. “¡Porqué es tan importante para ti?”, le grité, y caminé de regreso a la cama. De nada sirvió el reclamo. Me acosté, di una mirada a la puerta de la habitación y ahí estaba él, con el periódico entre sus dientes, dispuesto a no irse.
Hice lo más lógico: dirigirme a la casa de mi vecino. La puerta se abrió y le dije que había encontrado algo suyo. Cuando vio al monyi se agachó para acariciarle el lomo, agarró el periódico y se levantó a entregármelo. “No es mío”, dije. “Tampoco mío”, respondió. Lo puso en mis manos y cerró la puerta sin decir más. Desconcertado crucé la calle, dejé el periódico en un buzón cualquiera y regresé a casa dispuesto a dormir otro rato. Al abrir la puerta encontré a otro monyi junto al sofá de la sala, con un periódico babeado apretado en su mandíbula. “A ti también te llevaré con tu dueño”, le dije. Salí de casa, seguro que al igual que el anterior me seguiría adonde fuera.
Por las calles del barrio las personas iban de un lado a otro, cada una con un monyi a cuestas cargando un periódico que nadie deseaba leer. A lo mejor en la primera página diría algo así como “¡Los monyis se toman el poder!” o “¡Los monyis son extraterrestres!”. No me importaba en absoluto. Sea lo que fuera, jamás, jamás lo intentaría leer.
Esta historia se encuentra protegida por derechos de autor y Copyright. Cualquier reproducción debe ser aprobada por el titular de los derechos. ©Raúl Harper, 2010
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