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sábado 30 de octubre de 2010

Uppercut

©Raúl Harper, 2009


Duán se para enfrente y me dice, baby ha llegado tu asalto. Como detesto verme el rostro amoratado intento lo mío que es la diplomacia, vamos hermano, esto no le conviene a ninguno de los dos. Papá y el abuelo se habrían avergonzado de mi cobardía. Ellos solían darse de puños con frecuencia; una mala costumbre que disfrutaban. Duán heredó esa tendencia al pugilismo que tanto me atormenta a diario. Asegura que será un boxeador de los profesionales y que entonces podrá comprar un saco de arena y mandar a rehacerme la nariz, pero que sin entrenamiento se quedará en este pueblo pescando tilapias y gripes. ¿Y por qué no te das de golpes con tus amigos?, le recrimino, a lo que responde que si los noqueara habría resentimientos, mientras que los hermanos se lo perdonan todo.

Yo prefiero la actuación y lo que quiero es ser un galán de telenovela. Tengo nariz respingada, una mirada profunda y unos labios seductores. Cierro los ojos e imagino a Pachita besándome tal si fuera capaz de morir por mí. Pachita es mi vecina, y vale anotar que si me viera arrastrado por un río ni me lanza una soga ni se despide. Eso estoy seguro que cambiará tan pronto me vea en la televisión y el sex appeal de la fama la ilumine, porque las mujeres de este pueblo se deslumbran, no se enamoran. Cuando mi padre consiguió chamba con una lotería se dio el lujo de casarse con la mujer más hermosa del pueblo. Al mismo Duán lo acorralan las muchachas cada que gana una pelea, pero no hay quien le sobe las heridas cuando lo arrojan a la lona. Por eso se preocupa tanto por entrenar. Aquí todos los hombres se esfuerzan por ser ganadores en algo para ennoviarse o casarse con quien elijan.

Duán lanza unos uppercuts al aire que se detienen a escasos centímetros de mi rostro. Es dos años mayor, más alto, más fornido. Seguro me destrozará la nariz, y con la nariz chata no me van a querer contratar para ningún estelar. Entonces Pachita se irá detrás de Joanjo, por ejemplo, que se ha ido a la ciudad a sacarse un título de ingeniero. Ya deja de rehuirme y hazte el macho, se dirige Duán hacia mí, moviendo los pies en una especie de danza caribeña. No quiero camorra, muevo las manos hacia él en señal de bajar la guardia. La puerta principal suena y me siento a salvo. Entra Pachita y mi hermano la presenta como nuestra arbitro para el combate. La sangre boxística de la familia vs. la ovejita negra con ambición de farándula.

Por fin Duán se abalanza sobre mí. Recibo uno tras otro golpe y hasta un gancho que preveo definitivo. Pero no caigo. Pachita sobará mis heridas esta noche, me digo, por ahora lo importante será no caer. Al menos en la televisión los golpes son fingidos, y las ambiciones y el amor. Es el paraíso en que te tocan y nunca duele. La golpiza dura tres minutos. Duán se para victorioso enfrente y me dice, baby prepárate para otro asalto, ve a tu esquina y tomate un aire.

Ya me siento hinchado, magullado, una diminuta cortada se insinúa bajo mi ceja izquierda. Pachita se acerca a mi hermano y le seca el sudor con una toalla, sonriente, para mí ni sogas ni despedidas. Una mala trama de telenovela. Camino hacia ellos y lanzo un perfecto, un sublime y noqueador uppercut; que de haber dirigido a Duán hubiera enorgullecido a papá y al abuelo.



Esta historia se encuentra protegida por derechos de autor y Copyright. Cualquier reproducción debe ser aprobada por el titular de los derechos. ©Raúl Harper, 2009

1 comentarios:

JVO dijo...

Tanto tiempo! Espero que dure el regreso. Un abrazo

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